Enza García Arreaza y el zorro que aún no conoce

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Por Abril Mejías Romhany

Esta narradora venezolana tiene 26 años, vive en Puerto La Cruz y no se distrae: repite su nombre en publicaciones y concursos. Su último libro es Plegarias para un zorro, de Equinoccio y  ahora bid& co editor

Prende la luz para dormir. Evade la oscuridad que supone la noche y el fin del día. Dice que le produce asco la oscuridad, que no ve y luego ve demasiado. Tal vez recuerda a Caracas, esa relación que terminó con la ciudad. Tal vez se hace preguntas: ¿te quieres morir por amor?, ¿te quieres morir por el desamor por ti misma?, ¿te quieres morir porque el país te está matando? Tal vez después les hace las mismas preguntas a sus personajes y duerme.

Se despierta temprano, aunque el fin de la relación con Caracas la aleje de la universidad y sus horarios. Se despierta y a las siete de la mañana comienza la ceremonia de la que no se distrae: va directo a la computadora y escribe, corrige, hasta la una de la tarde. Sin internet, no se distrae. Tiene 26 años y ya lleva tres publicaciones y tres concursos ganados. No se distrae.

Escribe en su casa, la casa de sus padres, en Puerto La Cruz, mientras practica olvidar al mar o mientras lo hace metáfora de las peores cosas. Dice que hablar del resentimiento y del odio sirve para domesticarlos y hacerlos útiles. Tal vez por eso menciona que la mayoría de sus cuentos están configurados por el enojo que le nace por el país: “Nos obligaron a mirar al otro y a mirarnos a nosotros mismos con desconfianza, de eso está hecha esta generación”.

Enza se mira, se mira y ve un zorro. Dice que es un acto de ternura que tiene con ella misma. Es un recordatorio de amor propio. Pero también es un recordatorio de algo que falta: “Es una metáfora de mí misma. Nunca he visto un zorro. Soy algo que estoy buscando. Siempre hablo de cosas que no he visto ni he tocado”.

Su segundo libro, El bosque de los abedules, de la editorial Equinoccio, tiene imágenes de árboles que no conoce pero que añora. Al igual que lo hizo con Caracas antes de conocerla, escribió un cuento llamado “La parte que le tocó a Caleb” que ganó el concurso Cuento Contigo: Nuevas Voces Jóvenes del Aula Iberoamericana de la Casa de América de Madrid, que tiene como escenario la ciudad. Lo escribió cuando todavía no la conocía. Ella escapa y se adelanta.

Antes de conocerla y después, Caracas siempre fue caótica para ella. El recuerdo de habitaciones alquiladas y las humillaciones diarias que obliga la cotidianidad capitalina hizo que prometiera no volver. No le gusta Caracas, pero tampoco Puerto La Cruz.

Ella se va de todos lados, todo el tiempo, a través de pantallas y luces prendidas. Ella escapa, ninguna imagen la premia más que aquellas que marcan distancia con su realidad. Hoy escribe un libro sobre el desierto que nunca ha visto.

La abuela Ana tampoco existe. Es como un zorro y un abedul. Su primer cuento de Plegarias para un zorro, reeditado el año pasado por la editorial bid& co editor, habla sobre la mamá de su mamá. Guarda su nombre, sus fechas y sus lugares, pero no es su abuela, no es su historia ni la de las Arreaza, no es una confesión familiar, es otro intento de agarrar lo desconocido y apropiarse de eso.

“Soy el último zorro que queda”, se repite para practicar la ternura, el amor propio y las ganas de olvidarse de los demás. “Soy el último zorro que queda”, repite tal vez mientras dibuja uno de esos animales que no ha visto pero que se sabe de memoria. Soy el último zorro que queda, se dice mientras escapa y no lo logra: “Todo el tiempo me estoy dando demasiada importancia a mí misma, porque yo soy mi inversión más importante. Pero todo lo demás me sigue importando y preocupando demasiado”.

“Estoy muy interesada en el amor de los demás”. Le preocupa el amor. Es el tema de sus personajes. El amor con su respectiva violencia.

Con solo 20 años de edad, su libro de relatos Cállate poco a poco ganó el V Concurso para autores inéditos de Monte Ávila Editores. En él dice “A  tu edad deberías saber que la noche no admite máscaras”.

Para ella, ganar concursos no es demostración de nada. Obtuvo en 2009 el III Premio Nacional Universitario de Literatura con el libro de cuentos El bosque de los abedules. “Son solo útiles para vender el producto”.

Todos sus libros son de cuentos. Aunque también escribe poesía. “A veces la poesía duele más. No te puedes distraer, no hay tramas ni personajes para mirar a otro lado”. Se pueden encontrar muchos poemas, anécdotas, fotos de sus obsesiones y dibujos en su sitio web enzagarcia.tumblr.com, al que llama ¡No limpies la ceniza!

Enza se iba a llamar Javier. Los personajes de sus historias tienen nombres que le gustaría ponerles a sus hijos. Sus hermanas fueron su madre. Su madre, otra hermana. Su papá, Enzo, todo. Lo repite una y otra vez, casi como “soy el último zorro que queda”. Y llega el día de las madres con un regalo para él. Él también es el último zorro que queda.

Miguel Gomes dice en el epílogo de su último libro que esta es una obra sobre la distancia. Ella cree que lo dice porque esas plegarias hablan de las distancias que hay dentro de ella. “Estoy todo el tiempo buscándome”.

Enza escapa para encontrarse mientras afirma que este país le da ganas de morirse. Pero no se ve viviendo fuera de Venezuela porque aquí vive el último zorro que queda, que no es ella. “Como leí una vez, uno siempre queda atado al lugar donde amó a alguien”.

Enza no escribe de una a cuatro de la tarde. Tal vez en ese tiempo se acuerda del mar, de su ciudad con pocos espacios para sobrevivir al caos, tal vez es un poco más feliz. La oscuridad no promete, no hay luces que prender, no hay finales. De una a cuatro no hay ceremonia, no hay búsqueda, no hay corrección. Tal vez puede escapar de ella misma. De cuatro a siete de la noche no hay escape: sigue practicando con la escritura las distancias que hay dentro de ella.

Muy puntual, Enza termina el rito y prende la luz para no verse y luego dormir.

(Publicada en la revista El Librero, mayo 2013)

Fotografía: Efrén Hernández

Sobre uno de los otros cuentos

Portada de «La carpa y otros cuentos», de Federico Vegas

Por Amanda Gómez

En Mi última noche con Verónica, relato incluido en el volumen de cuentos La carpa y otros cuentos (2008) de Federico Vegas, se narra la historia de la noche en que velan al viejo Sánchez, padre de Juancho, el protagonista. La jornada transcurre lentamente, aunque los personajes realizan numerosas actividades, porque se intercalan con reflexiones sobre la amistad y el tiempo.

Cuatro amigos de la infancia de Juancho –entre ellos el narrador– asisten a su casa esa noche, dan el pésame a los familiares y salen a cenar al restaurante donde horas más temprano falleció el viejo Sánchez mientras almorzaba un churrasco. Comienzan a contar anécdotas y a su vez piden puntas traseras, morcilla y whisky. El último en ordenar es el protagonista, quien solicita el churrasco de su padre. Sus compañeros, atónitos, se imaginan lo peor.

Las historias de la infancia y adolescencia que cada uno relata, describen a un personaje que ha sufrido grandes transformaciones relacionadas con su entorno y con una tendencia desde muy joven a las pasiones sin mesura. Recuerdan los desastres que Juancho causaba en el colegio religioso, los episodios bajo la influencia de estupefacientes en la adolescencia y los excesos que cometía debido a sus obsesiones psicóticas. En esos momentos la capacidad de autodestrucción de Juancho llegaba a sus límites, arrastraba consigo los nervios de su madre, la paciencia de su padre y ganó la antipatía de sus compañeros.

Los jóvenes que se encargaron de Juancho en varias borracheras y tronas no son los mismos que lo abandonan, ni los que ahora vuelven a rodearlo de amistad y cariño. Esa noche recuerdan que es su generosidad lo que los vincula con ese «angelito rosado y nalgón» de la primera infancia que más tarde se conviertió en un «guerrero magnífico», luego en su peor enemigo y finalmente en el «sereno capitán, el jefe complaciente, el inefable defensor».

En las primeras páginas la voz narrativa hace un preámbulo a la historia y la subordina a otra narración: «Al día siguiente del entierro decidí ordenar mi propia vida y calmar todo lo que se había removido esa larga noche».

En la introducción al volumen de relatos el autor plantea las tensiones que hay, en su experiencia, entre la novela y el cuento; explica que la primera podría considerarse como un chisme y el segundo como un chiste. En el chiste no es necesario saber quiénes son los personajes, en cambio en el chisme es importante conocer algo de la vida de los personajes, sus triunfos y miserias.

Estas incursiones en las vidas ajenas ofrecen situaciones a resolverse a partir de los relatos que se unen en la columna vertebral de la historia. Vegas comenta que efectivamente tres de los relatos incluidos en este volumen –entre ellos Mi última noche…– están relacionados con inquietudes que los agrupan temáticamente y tienen en su estructura el germen de pertenecer a una historia más larga, sobre un personaje que va contando la vida de su mejor amigo y así también la propia. Es precisamente esta intención narrativa, de estar hermanado con otro texto aun mayor, lo que se muestra en el desarrollo de los personajes y el ritmo de las acciones y el tono reflexivo que acompaña la trama.

El País Portátil de Adriano González León

Adriano González León por Rayma

Adriano González León (1931-2008) por la caricaturista Rayma


Por Guillermo Ramos Flamerich

A cinco años de la desaparición de Adriano González León (1931-2008), a continuación una reseña sobre su novela País Portátil (1968), obra vital de la narrativa venezolana.

Esta novela, ganadora del premio Biblioteca Breve de la editorial Seix Barral en 1968, representa la articulación de Venezuela en la vanguardia de la literatura latinoamericana de los años sesenta, teniendo a Adriano González León como representante ante el llamado boom literario. El contexto político y social de la Venezuela de aquellos años, es la de una nación con una democracia incipiente, un sistema político-económico en ascenso y una guerrilla tanto urbana como rural, influenciada por las corrientes de extrema izquierda y el cercano triunfo de la Revolución cubana. En este sentido, González León, quien había formado parte del grupo Sardio y de la revista de culto El techo de la ballena, se adentra en la creación de una historia marcada por una constante de nuestra historia: la violencia.

País Portátil presenta la épica de los Barazarte, familia trujillana que en diferentes períodos de la vida republicana venezolana, han formado parte de los procesos socio-políticos de la nación. Exhibida en diferentes planos y épocas, la historia principal es la acción de guerrilla urbana llevada a cabo por Andrés Barazarte, la cual se entremezcla con los recuerdos, el caudillaje de sus antepasados y una realidad y trasfondo histórico que lo llevan a reaccionar contra lo que piensa es un sistema opresor.

Salvador Barazarte, abuelo de Andrés, servirá también de conciencia en la formación del futuro activista de izquierda. Así, la historia de una familia, es también la historia del país; aquel de Liberales y Conservadores, guerras civiles constantes y la revolución como excusa a la acción u omisión. Esta novela es también reflejo del país que cambia de rural a urbano pero no en el fondo, solo en la forma. Una Venezuela petrolera que de la nada, de simples casas de bahareque y montoneras saqueadoras de pueblos, se transforma en ciudades de gran magnitud, de elegantes edificios y suntuosas prácticas importadas, pero la afirmación de la violencia sigue presente, lo rural es germen de todo lo producido a posteriori, a pesar del velo de modernidad.

Son interesantes las citas que hace al autor como prefacio de la obra. José de Oviedo y Baños, el cronista de la colonia, hace referencia a la poca estabilidad a la hora de la fundación de la futura Venezuela. La constante mudanza, el viaje eterno; una cita de la Chrysler Corporation, donde la Venezuela remozada, es vista por los intereses extranjero como un espacio para el consumo, nada más; y la locución popular: «¡Este país es una vaina muy seria!», característica expresión de nuestro pueblo.

País Portátil, es un clásico de la literatura venezolana e hispanoamericana, reflejo de una época y de unas circunstancias que aún persisten en nuestra sociedad. 

Voyerismo deportivo

Portada de «Sexo en mi pueblo», de Leo Felipe Campos

Por Amanda Gómez

El libro Sexo en mi pueblo (2009), de Leo Felipe Campos, se inicia con uno de los momentos más importantes de la niñez: la metodología de los juegos de pelota. En el cuento 6 mirando al 9 vs. 8 un grupo de niños celebra un partido de béisbol en un campo improvisado, rodeados de caseríos, edificios y caballos, mientras en el primer piso de una de estas torres una pareja de niños vive su primera experiencia sexual entre carritos y brotes de agua.

El protagonista es un niño cualquiera en los campos de juego. Es «el carajito, el sute, el culicagao, el protegido», el menor en las campañas deportivas. Ese que cumple el rol de recogepelotas o, si no, jugar con las hormigas esperando que su edad sea suficiente para compartir plenamente con el resto. Sin embargo, su rol cambia al de voyerista.

Una pelota es golpeada con fuerza, es expulsada fuera del campo por el más fuerte del grupo, ese que llaman Boliqueso, Kool-Aid, Vaca Vieja, Ballenota, Nalguebatea o Plastimierda. Por default, el menor sale inmediatamente a recoger la bola y se consigue en uno de los apartamentos más bajos de los edificios aledaños a dos compañeros compartiendo una ducha desnudos. En verdad solo pretenden copiar las escenas vistas en las cintas de VHS de sus padres.

En 6 mirando… la tercera persona se convierte en el fisgón que se esconde entre los matorrales de espacios baldíos, donde sus ojos siguen las acciones de pre púberes iniciándose en las actividades sexuales.

Seis años puede parecer un momento muy alejado para entender las iniciaciones sexuales, pero en los pueblos no, y a pesar de su corta edad, el personaje principal experimenta erecciones tenues y cosquilleos en la parte baja de su estomago.

También nos adentramos en las descripciones personales del pueblo y sus actores claves. Estos momentos solo son interrumpidos por el recuerdo de la salsa: «lluvia… tus besos fríos como la lluvia… mi alma mi cuerpo y mi ser», intercalando en las escenas y volviendo común los encuentros con lo sórdido y natural.

Especial: Entrevista a Francisco Massiani

Francisco Massiani

Francisco Massiani, Premio Nacional de Literatura 2012 (Foto: Guillermo Ramos Flamerich)

Por Guillermo Ramos Flamerich

Entrevista con Francisco Massiani, autor de la novela Piedra de Mar (1968) y Premio Nacional de Literatura 2012.

— ¿Cuáles son sus pasiones?

—Yo no puedo vivir sin música y sin una mujer. Y por supuesto sin vino, cerveza, ron o whisky. La presencia femenina es indispensable para poder vivir. No basta con escribir. No se puede vivir sin amor. Hay que apostar siempre a la felicidad. Vivir permanentemente enamorado de Dios, del amor, las estrellas y por supuesto del vino, del ron, del alcohol.

— ¿Todo lo hace por el amor?

—Yo creo que a la larga sí. La mayoría de mis trabajos, incluso la novela Piedra de Mar y cuentos como Un regalo para Julia, todo eso es por ternura, por amor. En el caso del muchacho de Un regalo para Julia, pobrecito, queda sólo y con el pollito muerto. Pero en Piedra de Mar Corcho se queda con Kika, el pobre pasa trabajo hereje por toda la novela pero tiene un final feliz.

— ¿Cuáles son sus influencias?

—Comencé leyendo una novela que me pareció maravillosa. Un libro de Julio Verne llamado El secreto de Wilhelm Storitz. Otro titulado Realidad y ensueñode Jacobsen. Leí una novela extraordinaria como a los catorce, quince años que me la llevé en un barco de carga para Nueva York: Fiesta de Ernesto Hemingway. También leí a Knut Hamsum, Cesare Pavese, Scott Fitzgerald, D. H. Lawrence, O. Henry, Walt Whitman, Pablo Neruda, el peruano César Vallejo…

— Escritores venezolanos

—Me fascinó el cuento de Guillermo Meneses, que fue llevado al cine y ganó un premio en Cannes, La balandra Isabel llegó esta tarde. También me encantó Casas Muertas de Miguel Otero Silva y por supuesto Cantaclaro de Rómulo Gallegos. La poesía de Andrés Eloy (Blanco) que sigue siendo, a mi juicio, magnífica. No por los angelitos negros que a mí no me gustan, sino por otros poemas admirables.

— ¿Por qué su obra tiene cada vez mayor vigencia?

—De Piedra de Mar, por ejemplo, sospecho que esa novela es magnífica. Esa es toda la explicación. Yo me había olvidado de ella y la leí otra vez y me encantó. Me pareció admirablemente buena. La escribí a los veintidós años. Tardé un año. Pero antes de Piedra de mar, estando en España con mis padres, escribí en una semana Renate o la vida siempre como en un comienzo y otra novela corta llamada Fiesta de campo. Yo sigo escribiendo poesía. Ahorita estoy trabajando en un relato largo que se llama Mango. Es entre erótico y humorístico.

— Pregunta final: ¿Qué es la vida para Francisco Massiani?

Salvador Garmendia: inquietud y palabra audaz

Salvador Garmendia

Salvador Garmendia (1928-2001)

Por Guillermo Ramos Flamerich

A veces imagino que vivo en la Caracas de mediados de los noventa. Otro contexto, otras realidades y otros los ídolos populares. También, que las calles del bulevar de Sabana Grande siguen alojando a escritores, intelectuales y poetas. Quizás en el Gran café o en el Centro Comercial Chacaíto. En fin, los noventa son tan cercanos a mí, en ellos me crié, tengo recuerdos tan grabados como el mundial de fútbol Francia 98, la segunda visita del Papa a Venezuela, laMacarena o la Radio Rochela con Emilio Lovera y Laureano Márquez. Cuando exploro en mi memoria, parecen recuerdos del día anterior. Los noventa se fueron así como mi edad con un solo dígito.

En toda esta introspección, existe un personaje de largas barbas y de sabiduría excepcional el cual hubiese sido un honor conocer en su última etapa de vida. Me refiero a Salvador Garmendia. Consolidado como escritor, dejado ya de las novelas y concentrado en el cuento y el artículo. El Garmendia de los noventa, colocaba su impronta en publicaciones como El Nacional y la revista de la Fundación Bigott, también en guiones para documentales de Bolívar Films.

Segunda continuaba Tan desnuda como una piedra y Los pequeños seres eran razón de otra década. Ese Salvador Garmendia «maestro de las buenas y sobre todo de las malas palabas», como lo describió Zapata en el pregón de la navidad caraqueña de 1991, mostraba toda esa fascinación de alguien grato para conversar y comprender el mundo fantástico de la literatura, uno parecido a susMemorias de Altagracia.

Imagino que tengo mi edad actual. Es 1996 o 1997. Un día lo consigo en el metro leyendo o quizás observando a la gente que allí permanece. Tal como relata en su artículo Asuntos de metro, dedicado a otro personaje también ya fallecido: Manuel Bermúdez. ¿Cómo conseguiría hablar con él?, ¿qué podría preguntarle? No cometería la osadía de interrogarle acerca de lo necesario para ser un buen escritor. Quién sabe si respondería: «¡papel y lápiz!», como en la anécdota que relata Alberto Barrera Tyzka. Quizás la emoción no dejara expresarme de manera completa.

Todas estas suposiciones viven en la imaginación, donde el pasado y presente existen según lo creamos conveniente. Seguiré leyendo y releyendo a Salvador Garmendia, a lo mejor en mi casa o en el metro, «sin embargo, nunca le he pedido permiso para sentarlo imaginariamente en el lado vacío de mi asiento».

Entrevista a Salvador Garmendia en 1992

El mudo admirable

Pedro Emilio Coll, ensayista y periodista

Pedro Emilio Coll (1872-1947), ensayista, cuentista y periodista

Por Amanda Gómez

Con una prosa lineal y simple, Pedro Emilio Coll delinea la historia de un personaje cuyo único acto resaltante fue quebrarse un diente: Juan Peña fue un hombre excepcional que no sufrió la necesidad de pensar y, sin embargo, casi alcanza el rango de Presidente a no ser por una apoplejía. En El diente roto (1898), el mudo Peña –que no era mudo de sabiduría a pesar de lo que todos pensaban– se pasó la vida con la boca cerrada acariciando un diente que adquirió la forma de una sierra cuando lo rompió durante una pelea. Su diente es la única característica física que se conoce del protagonista.

De los personajes secundarios tampoco se conocen mayores detalles. Solo se sabe que existen y que son unos padres, un médico, unos vecinos, parientes, amigos y un orador que lloró en su entierro.

Este cuento es considerado un clásico del modernismo en Venezuela, pues tiene rasgos del anticonformismo y un esfuerzo de renovación. Además, muestra preocupación por el ritmo y la musicalidad del lenguaje, pero no busca en el lector una reacción emocional.

El criollismo, que se caracterizó por ir contra los sistemas jerárquicos, también se hace presente en la historia, que manifiesta la inquietud del autor por la forma de escogencia de los mandatarios en el país. Coll, certeramente, plasmó la realidad del venezolano en la que no valen los méritos sino los amigos para escalar posiciones.